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  Centro de Estudios Jakasiña
  Falacias sobre el lenguaje:consideraciones frente a una política cultural educativa
 
Falacias sobre el lenguaje: consideraciones frente a una política cultural educativa
Miguel Espíndola
Cátedras de Semiótica y Filosofía del Lenguaje
FHyCs-UnJu
Lo que se concibe como lenguaje determina cómo y qué se investiga, estudia y enseña del fenómeno verbal. La concepción siempre es política pero la validación en algunos casos es científica. Esto quiere decir que existen numerosas validaciones que parecen científicas y que todas las validaciones científicas –propiamente dichas- tienen un origen político. En este trabajo propongo repensar afirmaciones seudocientíficas y científicas sobre el lenguaje que son politizadas desde un criterio cultural, que confunden y nos confunden cuando estudiamos, investigamos y hacemos docencia dentro de las Ciencias del Lenguaje.
 
 Falacias sobre el lenguaje: consideraciones frente a una política cultural educativa
Miguel Espíndola
Cátedras de Semiótica y Filosofía del Lenguaje
FHyCs-UnJu
“El lenguaje puede ser hasta cierto punto especial a causa de su íntima conexión con la adaptación cognitivo-social exclusivamente humana de referencia –como explicamos antes-, pero las convenciones sociales que incluye una lengua natural sólo pueden ser creadas mediante ciertas clases de interacción social, y algunas construcciones lingüísticas tan sólo pueden serlo cuando otras construcciones las han precedido.”   
Michael Tomasello ([1999]2003:259)
“Si la finalidad del lenguaje humano consistiera en copiar o imitar el orden dado o acabado de las cosas nos sería muy difícil mantener esta despreocupación. No podríamos evitar la conclusión de que, después de todo, una de las copias era la mejor; que una de ellas estaba más cerca del original que la otra. Pero si atribuimos al lenguaje una función productiva y constructiva mejor que una función meramente reproductora, nuestro juicio será bien diferente. En tal caso, lo que tiene importancia capital no es la “obra” del lenguaje sino su “energía”. Para medirla habrá que estudiar el proceso lingüístico mismo, en lugar de limitarse a analizar si resultado, su producto.”
Ernst Cassirer ([1945] 1992: 48)      
 
Lo que se concibe como lenguaje determina cómo y qué se investiga, estudia y enseña el fenómeno verbal. La concepción siempre es política pero la validación en algunos casos es científica. Esto quiere decir que existen numerosas validaciones que parecen científicas y que todas las validaciones científicas –propiamente dichas- tienen un origen político. En las ciencias del lenguaje - como en toda la ciencia- esas situaciones son habituales y vale la pena hacer una revisión ideológica-epistemológica constante. Pero en la intervención o sea la ciencia aplicada, en ámbitos como la tecnología o la didáctica, es indispensable que los estudiosos, los estudiantes, los docentes y los investigadores discutamos la naturaleza política (objetivos, situaciones y fines) de las teorías, métodos y términos que practicamos. Ya que las profesionales relaciones académicas son esencial y primeramente humanas y políticas, como seres humanos interactivos debemos obligarnos a indagar lo que el otro (inmediato/mediato) hace, siente y piensa conmigo, ya que ésto constituye la contracara necesaria de la decisión política que otros tomaron. Entonces, además de una crítica de las relaciones humanas, en materia educativa, estamos “condenados” a una polémica inevitable: todos somos agentes políticos y –entiendo- es mucho mejor que lo asumamos y participemos activamente de esta situación de la que formamos parte queramos o no.
Dentro de la hominización que comenzamos hace seis millones, hemos tardado tres millones de años para evolucionar y usar el lenguaje como lo practicamos en la actualidad, más específicamente; los genetistas aseveran que el FOXP2, el gen del habla, se consolidó en nuestro genoma hace 200.000 a 150.000 años. En la ontogenia tardamos en promedio entre 36 a 48 meses para dominar con suficiencia nuestra lengua nativa. Estas consideraciones cronológicas son necesarias para relacionar los “tiempos del lenguaje” con los escasos 10.000 años de historia de política cultural. El sedentarismo urbanizador, la agricultura, las industrias de la piedra, el bronce y el hierro, la domesticación de los animales junto a la producción artística no fueron suficientes para iniciar la política de la historia. La escritura, el registro gráfico documental fue el criterio ideológico[1] para que la Historia inicie y para que el lenguaje fuera “reconocido” y funcionara desde esta legitimación, como instrumento político. Entonces, desde los inicios de la Historia ya tenemos materia de reflexión sobre la politización del lenguaje:
·        ¿por qué y para qué se ha ignorado su origen biológico, emotivo, pragmático, cognitivo y social?
·        ¿por qué y para qué se “ignoran” 3 millones de años de evolución bio-cultural?
·        ¿por qué y para qué no se considera la ontogenia del lenguaje? En la que evidentemente intervienen procesos biológicos genético-evolutivos, emotivos, pragmáticos, cognitivos y sociales, hasta finalmente dominar el sistema gramatical.
·        ¿por qué y para qué se lo ha autonomizado de las otras semiosis[2] con las que se configuró y, a la vez, colaboró a configurarlas?
·        ¿por qué y para qué solamente el lenguaje es una semiosis autosuficiente para ser una herramienta política?   
·         ¿por qué y para qué se ha negado su naturaleza oral?
·        ¿por qué y para qué se ha sobredimensionado su realización escrita?
·         ¿por qué y para qué su realización escrita marca taxativamente el comienzo de la historia?
Sin embargo, la identificación de causas (respuesta del “por qué”) o de fines (respuesta del “para qué”) nos llevaría a caer en otra política si no, primeramente, estudiamos, investigamos y enseñamos el “cómo”. Mejor dicho, si inicialmente exigimos y nos exigimos estudiar, investigar y enseñar el “cómo”. Es decir, en dos sentidos:
a)   “cómo“ estructural:
·      es que el lenguaje tiene origen biológico, emotivo, pragmático, cognitivo y social;
·      evolucionó durante 3 millones de años;
·      se despliega en la ontogenia;
·      se relaciona de modo dependiente con otras semiosis;
·      funciona para considerarlo autosuficiente;
·      se concreta oral y escrituralmente.
 
b)   “cómo” conceptual  llegó a ser un autónomo sistema escritural de reglas gramaticales que de modo autosuficiente produjo el advenimiento de la política de la historia[3].  
Recordemos: es una política de la ciencia[4] describir los fenómenos antes de interpretarlos, nos importa a los estudiantes, a los teóricos, a los investigadores y a los profesores saber el “cómo”, primero, para sustentar un “por qué” y un “para qué”, después. Esta instancia de rigor metodológico no es una condición necesaria para otros discursos sociales tales como: el sentido común, la religión, la política (derecho) y el mercado (mass-media); en los que reina un impuesto e inconsulto causalismo-finalismo que, por supuesto han diseñado otras personas, a las que les incomoda mucho que indaguemos.     
 
Una falacia no es una mera falsedad o una mentira “a secas” sino un engaño, un fraude con el propósito de dañar a alguien.       
Cuando propongo revisar ciertas aseveraciones académicas sobre el lenguaje como falacias, en realidad propongo no dejarnos engañar con concepciones reduccionistas y por lo tanto politizadas sobre lo que es y cómo funciona el complejo denominado fenómeno verbal. Sobre las falacias que vamos a repasar y revisar existen antecedentes epistemológicos serios pero criticados y en algún caso reformulados, corregidos y atenuados, también hay corrientes de estudio cuestionadas y superadas[5]; además de autores significativos pero historizados (relativos: entendidos en su contexto)[6]. Entonces para ser más exhaustivos, intento denunciar los usos falaces de estas producciones científicas y considerar algunas dimensiones a tener en cuenta sobre las ciencias del lenguaje.
 
Falacias
a)   “La formalización y el abstraccionismo del estudio del lenguaje por sí mismos colaboran a su estudio, investigación y enseñanza.”
Esta idea tan cara a la Lingüística, la ha convertido en una ciencia “difícil” y sólo para elegidos. Lo peor es que nos ha hecho confundir los resultados teóricos con los fenómenos comunes de base que los generan: el hecho de que hablamos, escuchamos, leemos y escribimos con relativa facilidad. Parece que la dificultad para explicar esas situaciones coloquiales es inversamente proporcional a la facilidad con las que las adquirimos. No es lo mismo, ¡pero practicar una lengua no es de naturaleza diferente a tratar de explicar científicamente cómo sucede esto! Si sabemos que el lenguaje es un fenómeno (filogénico y ontogénico) biológico, intersubjetivo, situacional y por eso, multipropósito (teleológico) y perspectivista (multifocal); antes que sistemático, gramatical. Podríamos detectar el sesgo de la falacia que da lugar a otras como: “la lengua escrita y hablada es el más importante instrumento de comunicación” o “dominar la gramática de una lengua permite practicarla como instrumento de comunicación” por ejemplo. Planteos que sabemos son inapropiados por su reduccionismo, su insuficiencia.
 
b)   “La lengua es el más importante instrumento de aculturación”
            Frente a la modalidad categórica con la que se suele enarbolar esta falacia, debemos -en coherencia con el punto anterior- plantearnos mesuradamente que si el lenguaje es un fenómeno (filogénico y ontogénico) biológico, intersubjetivo, situacional y por eso, multipropósito y perspectivista; antes que sistemático, gramatical. Es porque sirvió para inicialmente socializarnos (civilizarnos[7]) a todos los seres humanos y luego, recién en un segundo momento, para dividirnos culturalmente. Referenciándonos con un grupo de personas y a la vez diferenciándonos de otros grupos de personas. Por supuesto, esta auténtica discriminación no es llevada a cabo sólo por la lengua sino de manera concomitante por otras semiosis (tradiciones, ritos, arte, formas de tratar el cuerpo, prácticas culinarias, categorización de los roles femeninos y masculinos, relaciones de parentesco, prácticas sanitarias, costumbres, tabúes, creencias, formas de organización política, formas de educación, prácticas de producción, circulación y consumo de bienes, etc.).
Sin embargo ¿por qué se le asigna a la lengua esa omnipotente función? Tomasello en su notable obra Los orígenes culturales de la cognición humana sostienecuando se refiere al desarrollo del conocimiento por causalidad (2007:227):
“Esta tentativa de comprender el discurso sobre las causas contribuye a su comprensión de las relaciones causales en varios niveles. Una cuestión determinante es que en todas las lenguas del mundo la causalidad desempeña una importante función de estructuración. Gran parte de las construcciones lingüísticas canónicas de todos los idiomas son de un modo u otro transitivas, o incluso causativas, (Hoper y Thompson, 1980). Presumiblemente, esto refleja el hecho de que la causalidad es un aspecto fundamental de la cognición humana, y por lo tanto está claro que la estructura del lenguaje es una consecuencia histórica, y no una causa, de la comprensión de la causalidad.”
 Entonces cuando se consolida un sistema gramatical (un idioma), éste es un producto que concentra históricamente como un extractotodas las semiosis con las que dinámicamente se forjó; una experiencia interactiva de sentido sistematizada en una gramática pero esencialmente constituye una realidad pragmática[8]. Por esta poderosa razón, de ningún modo, este producto gramatical es autosuficiente para construir una mentalidad, una cosmovisión, una cultura ni un grupo humano. El relativismo lingüístico en sus versiones alemana (Humboldt) y estadounidense (Boas, Sapir y Whorf) han trabajado en esto y hay falacias que han extremado su mendacidad: “El latín perfecciona el pensamiento lógico-formal”, “El arameo es la lengua de la espiritualidad”, “El francés es la lengua de la Cultura”, “El griego y el alemán son las lenguas por antonomasia de la Filosofía”, “El manejo del inglés desarrolla el sentido práctico”.
Pero entonces ¿por qué funcionan estas afirmaciones? Porque pueden ser políticamente manipulables; puesto que el formalismo y el abstraccionismo que hacen concebir al fenómeno verbal como una entelequia como un epifenómeno desmaterializan su pragmática, sin evolución sin espacio sin situación sin cuerpos sin afectos directos, la lengua es materia pura de plataforma política. Presentar al fenómeno lingüístico reificado, hecho una cosa es condición necesaria para hacer campaña. Encima cuando estratégica pero reductivamente se proyecta en una lengua la función de ser “un bastión de la nacionalidad”, “el espíritu del pueblo”, “el legado primordial de nuestros ancestros”; la propuesta política cultural basada en la lengua es inquietante. Los numerosos ejemplos que, a lo largo del tiempo, han contribuido a demostrar cómo una lengua hace política cultural al servicio de variados y combinados intereses (económicos, patrimoniales, militares, comerciales, religiosos, etc.); nos hacen patente que estudiar, investigar y enseñar una lengua es cosa seria y un tarea políticamente activa. Pero más serio y político aún es tomar conciencia que mientras más abstracta, formal y culturalista sea nuestra concepción de lengua más deshumanizado es nuestro proceder como docentes, estudiantes e investigadores y está más al servicio de políticas de discriminación. Bourdieu advierte en “La producción y la reproducción de la lengua legítima”[9] al respecto:
“Así Saussure resuelve la cuestión de las condiciones económicas y sociales de la apropiación de la lengua sin necesitar nunca plantearla, recurriendo como Augusto Comte, a la metáfora del tesoro que aplicaba indistintamente a la “comunidad” o al individuo:”tesoro interior”, “tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos que pertenecen a la misma comunidad”, “suma de tesoros de lengua individuales”, o también “suma de huellas depositadas en el cerebro”. Chomsky tiene el mérito de prestar explícitamente al sujeto hablante en su universalidad la competencia perfecta que la tradición saussuriana le acordaba tácitamente: “La teoría lingüística tiene por objeto fundamentalmente a un locutor-receptor ideal, inserto en una comunidad lingüística totalmente homogénea, que conoce perfectamente su lengua y al margen de efectos gramaticalmente pertinentes, tales como las pasadas de memoria, distracciones, faltas de atención o de interés o errores en la aplicación de su conocimiento de la lengua en un acto de habla. Me parece que ésa fue la posición de los fundadores de la lingüística general moderna, y no se ha impuesto ninguna razón convincente para modificarla”. Desde este punto de vista, y resumiendo, la competencia chomskyana no es sino otra denominación de la lengua saussuriana. A la lengua como “tesoro individual”, que todo el grupo posee en propiedad indivisa, corresponde la competencia lingüística como “depósito” en cada individuo de ese “tesoro” o como participación de cada miembro de la “comunidad lingüística” en ese bien público. El cambio del lenguaje esconde la fictio juris por la cual Chomsky, al convertir las leyes inmanentes del discurso legítimo en normas universales de la práctica lingüística conforme, escamotea la cuestión de las condiciones económicas y sociales de la adquisición de la competencia legítima y de la constitución del mercado donde se establece y se impone esta definición de lo legítimo e ilegítimo.
LENGUA OFICIAL Y UNIDAD POLÍTICA
Para mostrar que los lingüistas tan sólo incorporan a la teoría un objeto preconstruido del que olvidan las leyes sociales de construcción y del que ocultan en todo caso la génesis social, no encuentro mejor ejemplo que los párrafos del Curso de lingüística general donde Saussure pone en cuestión las relaciones entre la lengua y el espacio. Al intentar demostrar que no es el espacio el que define la lengua, sino la lengua la que define el espacio. Saussure observa que ni los dialectos ni las lenguas conocen límites naturales, y utiliza el ejemplo de innovación fonética que supone la sustitución de la s por la c latina, determinando ella misma su área de difusión por la fuerza intrínseca de su lógica autónoma, a través del conjunto de hablantes que asumen el fenómeno. Esta filosofía de la historia, que hace de la dinámica interna de la lengua el único principio de los límites de su difusión, oculta el proceso propiamente político de unificación al término del cual un conjunto determinado de “hablantes” se encuentra abocado a aceptar la lengua oficial.
La lengua saussuriana, ese código a la vez legislativo y comunicativo que existe y subsiste independientemente de sus usuarios (“los hablantes”) y de sus usos (“el habla”), posee de hecho todas las propiedades comúnmente reconocidas de la lengua oficial. Por oposición al dialecto, cuenta con el privilegio de las condiciones institucionales necesarias para su codificación e imposición generalizada. Así reconocida y conocida (con mayor o menor grado de perfección) en el territorio jurídico de una determinada autoridad política contribuye a su vez a reforzar la autoridad que ejerce su dominio: en efecto, garantiza entre todos los miembros de la “comunidad lingüística”, tradicionalmente definida por Bloomfield como un “grupo de gente que utiliza el mismo sistema de signos lingüísticos”, un mínimo de comunicación, que es la condición de la producción económica e incluso del dominio simbólico.
Hablar de la lengua, sin más precisiones, como hacen los lingüistas, es aceptar tácitamente la definición oficial de la lengua oficial de una unidad política: esta lengua es la que, en los límites territoriales de esta unidad, se impone a todos los naturales como la única legítima, y más imperativamente cuanto que la circunstancia es más oficial (palabra que traduce precisamente el formal de la lingüística inglesa). Producida por autores con autoridad para escribir, fijada y codificada por gramáticos y profesores, encargados también de inculcar el dominio, la lengua es un código, en el sentido de guarismo que permite establecer equivalencias entre sonidos y sentidos, y también en el sentido de sistema de normas que regulan las prácticas lingüísticas.”
c)   La etimología de un término o un conjunto de términos nos provee el significado primigenio, verdadero y puro de los mismos.
Esta falacia también guarda relación con las anteriores y a menudo la usan impostores intelectuales lo que no es un problema. Lo que si puede ser un problema es que los estudiosos y estudiantes de las ciencias del lenguaje no la adviertan. Sin lugar a dudas la investigación etimológica diacrónicamente persigue detectar y describir los fenómenos gramaticales que sufre un término o grupo de términos desde que se documenta su uso. En esta tarea la etimología es un capítulo serio y necesario de la Historia de cada lengua. Pero de allí a proponer que el sentido que detectan y describen es el primigenio, el verdadero y el puro es una extensión sin fundamentos. Entiendo que actualmente los etimólogos “profesionales” son más cautos, exhaustivos y amplios, reconocen que sus trabajos hallan significados que se acotan al corpus documental en el que se encuentran los términos y que estos documentos registraron escrituralmente un uso vigente en un dominio sociolingüístico específico dentro una sociedad determinada. Para ello consideran, además, el marco sociocultural, los grupos sociales, las coyunturas situacionales y si se puede, las historias de vida de los productores y destinatarios discursivos y sus contingencias. Esto quiere decir que los significados que resultan son adecuados y bien fundamentados pero no universales, ni primeros, ni verdaderos; como toda dinámica y pragmática lingüística las realizaciones del pasado son manifestaciones del lenguaje; lo que equivale a decir: experiencia de sentido situado.
 
d) La proliferación de léxico incorporado de otras lenguas debilita al español como sistema gramatical y como cosmovisión ideológica.
Es un lugar común ingenuo de los que no saben gramática y lingüística del español, en otros casos es un lugar común taimado de los que sabiendo la sistemática de nuestra lengua abonan esta falacia con fines xenófobos. Los préstamos e intercambios léxicos entre lenguas es un fenómeno común según la sociodialectología histórica. Un fenómeno al compás de las relaciones de todo tipo que los seres humanos realizamos en el pasado, en el presente y haremos en el futuro a lo ancho de todo el planeta. He argumentado la ineficiencia de cualquier idioma para ser un autónomo e inmanente agente de cosmovisión ideológica; por esto considero que no vale la pena reiterar. Sin embargo, nuestra lengua no sólo cuantitativamente [10] sino cualitativamente es poderosa. El español es un código basado en una morfosintaxis flexiva, esto quiere decir que sobre bases o lexemas operan gramemas (prefjos, infijos y sufijos) que marcan su semanticidad y su gramaticalidad, además tiene gramemas autónomos de series cerradas (preposiciones y conjunciones por ejemplo) que marcan también la gramaticalidad frástica, oracional y textual. Por flexiva la lengua española cuando adquiere un término “extranjero” lo flexiona y lo somete a los accidentes morfológicos que exigen los partículas modificadoras (artículos, adjetivos por ejemplo) y las concordancias de sus verbos, o sea;lo asimila a su poderosa morfosintaxis (chutear y twittear). Fenómenos de contacto como el Llanito de Gibraltar, el Spanglish en EEUU, incluso el Ciberspanglish evidencian esta tendencia sistémica. Pero al autonomizar “el español” como si fuera una cosa ¿no estoy dándole funciones autosuficientes  a un fenómeno gramatical derivado de la pragmática? Sí, pero les advierto que reconozco este uso como metafórico. En realidad el poder de la lengua que manejamos se justifica más en saber y aplicar su uso, su historia, sus relaciones con los otros sistemas de signos y con nuestra experiencia corporal y afectiva; el conjunto de todos estos vínculos es el que nos hacen ser hispanoparlantes que poderosamente dominamos los vocablos de otras lenguas.     
Bibliografía
 
·        Bourdieu, P. ([1982]2008) ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos Akal
·        Tomasello, M. ([1999]2007) Los orígenes culturales de la cognición humana Amorrortu/editores
·        Savater, F. (2007) Diccionario Filosófico Ariel
·         Espíndola, M. (2009) De la filosofía del lenguaje como epistemología de la lingüística: corrientes teóricas, sus criterios, campos, métodos y unidades. Actas de las XIII Jornadas de Filosofía del NOA Democracia, Verdad y Justicia Departamento de Filosofía Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud. Universidad Nacional de Santiago del Estero.
·        Cassirer, Ernst ( [1945] 1992 : 47-48) “Una clave de la naturaleza del hombre: el símbolo” Antropología Filosófica FCE
 

[1] De allí que a pesar de los nuevos estudios e investigaciones, la historia de sociedades ágrafas sea subestimada o presupuesta como primitiva.
[2] Sistemas de signos en terminología de semiótica peirceana.
[3] Hacer una arqueología de la política de la historiografía en el sentido foucaultiano.
[4] Mejor dicho la metodología que es el rasgo distintivo de la ciencia frente a los otros conocimientos.
[5] Es muy difícil asegurar que una corriente teórica de las ciencias del lenguaje esté superada; todas desde la retórica griega o la gramática de Panini hasta la lingüística cognitiva actual han colaborado desde perspectivas diversas y exhaustivas a concebir aspectos del complejo fenómeno lingüístico. 
[6] Remito a mi trabajo Espíndola (2009) en el que abordo con criterios epistemológicos las principales teorías lingüísticas.
[7] Adhiero a la diferencia que plantea Savater, F. (2007) en la introducción a su Diccionario Filosófico; aunque entiendo que mejor este filósofo hubiera usado el término socializar sobre el de civilizar: Yes que la cultura dentro de la que nacieron los primeros filósofos, en el límite fecundo que une y separa occidente de oriente, no es como las demás. Por favor, no pretendo hablar con desparpajo sabiondo de la «cultura occidental» como hacen tantos pedantes, sea para ensalzarla o denostarla. Pero lo que en Jonia apareció en el siglo VI a.c., intelectualmente hablando (y dudo que haya una forma de hablar que no sea intelectual), no fue otro producto cultural sino el esbozo de la civilización. Se impone distinguir entre «civilización» y «culturas», en el sentido en que yo estoy ahora manejando estas palabras que a veces reciben acepciones diferentes y casi sinónimas. Las culturas son locales, realizan las posibilidades humanas de un modo más o menos completo pero cerrado, distinguen entre un «ellos» y un «nosotros» colectivos, se estructuran a partir de lo irrevocable y plenamente significativo de las diferencias, establecen un código y distinguen entre quien puede asumirlo -por pertenecer nativa o adoptivamente a él- y quien está excluido. La cultura, en una palabra, es una forma de establecer límites y hacerlos fructificar. La civilización (se conjuga en singular, frente a la pluralidad de las culturas) no territorializa sino que desterritorializa; no codifica sino que descodifica. Su pretensión es universalizar [véase la voz UNIVERSALIDAD de este diccionario] y para ello reforzar la individualidad de destino de cada cual, que es precisamente lo que todos compartimos... más allá de nuestras diferencias culturales: los afanes de la carne, la capacidad de hablar y soñar, lo ilimitado del deseo, la conciencia de la muerte y el esfuerzo desasosegado por acomodarse a ella. La civilización es el esfuerzo por dar relevancia intelectual a todo lo que los humanos tenemos en común, es decir, por primar aquello en lo que nos parecemos a pesar (y a través de) lo que nuestras culturas dejan traslucir. Es el intento de hacer fructífero lo ilimitado. Sin duda, la civilización no anula la pertenencia cultural de cada uno, pero, a partir de ésta, propone otra más amplia, que ninguna autoridad territorial puede gestionar... mientras todas las autoridades no sean más que territoriales. Brotada en un contexto cultural determinado, el empeño civilizador los ha ido poco a poco contagiando a todos. Y también asimilando lo que en cada uno de ellos apunta hacia el reforzamiento de su proyecto universal. A partir de su origen, aún demasiado localista, la propia idea de civilización se ha ido civilizando... al ampliarse. Nadie queda excluido por pertenencias anteriores de ella, lo mismo que cualquiera puede aprovechar los descubrimientos científicos y los avances técnicos, sea cual fuere la nacionalidad de su autor. Ciertamente esta idea de civilización, revolucionaria desde su origen y por tanto a veces despiadada, ha dado lugar también a terribles perversiones y a letales anticuerpos. Pero sigue insistiendo en sus exigencias sin fronteras, aún puras promesas, no sabemos si ideales o meras ilusiones. De todo ello se irá hablando en las páginas que siguen, mejor o peor. Quede por ahora establecido aquí, como una especie de lema o quinta esencia de lo que tengo yo por filosofía: es tarea actual y prioritaria del filósofo tomar intelectualmente partido por la civilización humana única frente a lo que en cada una de las diversas culturas se opone a ella. En el momento histórico que vivimos a finales del siglo xx, con los viejos fantasmas (nacionalismo, racismo, intolerancia religiosa, hambre y miseria, exterminios étnicos...) incólumes o reanimados, no me parece actitud irrelevante, ni fácil, ni carente si es sincera de esforzados compromisos. Requiere entrega, coraje, paciencia y tacto teórico: rasgos que siempre distinguieron a lo único que sin desmerecimiento sentencioso ni presunción académica ha podido llamarse sabiduría en nuestra condición ignorante y arrebatada.
[8] Con esto quiero enfatizar muchos más que una lengua es mucho más que práctica y teoría fonética, fonológica, morfosintáctica y semántica.
[9] Bourdieu ([1982]2008:19-22)
[10] Se sostiene que español es la tercera lengua más hablada del planeta.





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